La tragedia de los Andes: Análisis astrológico del evento, contrastándolo con la carta natal de Fernando Parrado y los tránsitos relevantes que vivió en ese momento. Saturno, Plutón y la flecha de sentido de Fernando Parrado
Tal vez se trate de una de las hazañas del ser humano más increíbles de la historia.
La intención de este análisis es observar los tránsitos astrológicos que Fernando “Nando” Parrado vivió durante los 72 días de supervivencia en la cordillera de los Andes, luego del accidente ocurrido el 13 de octubre de 1972.
En primer lugar, debemos observar su carta natal. Si bien no tenemos su hora de nacimiento confirmada, pude realizar una rectificación de la carta, alrededor de las 14:38 Hrs Uruguay. De todas formas el análisis se hará en profunidad según aspectos y planetas de su carta natal, tratando de no ahondar en la domificación al no tener horario confirmado.
Vemos que Fernando Parrado presenta en su carta un Sol en Sagitario, conjunto a Quirón, en cuadratura a Saturno y Marte en Virgo. Ya desde acá aparece una configuración sumamente potente. El Sol, símbolo de la identidad, del centro vital, de la voluntad de vivir y del sentido profundo de la existencia, se encuentra en Sagitario, signo asociado a la búsqueda de significado, a la fe, al horizonte, a la dirección superior, a la capacidad de mirar más allá de la circunstancia inmediata.
Pero este Sol no está aislado. Está conjunto a Quirón, el sanador herido, símbolo de la herida, de la vulnerabilidad, del dolor que marca, pero que también puede convertirse en medicina, guía y enseñanza para otros, símbolo de resiliencia. Una identidad teñida por la herida, pero también por la posibilidad de darle un sentido trascendente al dolor vivido. Esto es muy importante, porque después de la tragedia Parrado no solo sobrevive: también testimonia, narra, enseña, transmite. Su vivencia se transforma en una forma de sentido para otros. Y aquí la conjunción Sol-Quirón en Sagitario adquiere una dimensión profundamente simbólica. Quirón en Sagitario habla de la posibilidad de darle un sentido trascendente al dolor, de convertir la herida en enseñanza, de guiar a otros no desde una teoría abstracta, sino desde una experiencia encarnada de vulnerabilidad.
La herida sigue estando presente. Quirón no elimina la herida, no la borra, no la niega. La vuelve consciente. La transforma en camino. Y al estar conjunto al Sol, dador de luz, esa herida queda iluminada por la identidad misma de la persona. El Sol ilumina aquello que toca; por lo tanto, en este caso, ilumina la herida, la vulnerabilidad personal, el dolor vivido, y lo convierte en parte central del propósito vital.
Parrado no solo sobrevive a la tragedia: encarna esa herida, la lleva consigo, la resignifica y, con el tiempo, la transforma en una fuerza capaz de guiar, inspirar y motivar a otros. Esto es muy propio de Quirón en Sagitario: el maestro herido, aquel que no enseña desde la perfección, sino desde haber atravesado el dolor y haber encontrado, dentro de ese dolor, una dirección.
Además, hay una correspondencia simbólica muy potente: Quirón es justamente un centauro, y Sagitario también está representado por el centauro que apunta su flecha hacia arriba. La imagen se duplica. El centauro herido y el centauro sagitariano se encuentran. La herida y la flecha. El dolor y el sentido. La vulnerabilidad y la dirección superior. Como si la carta mostrara que su experiencia no quedaría encerrada en el sufrimiento, sino que sería proyectada hacia algo más alto: una enseñanza, una guía, una forma de inspiración para otros.
Este Sol conjunto a Quirón en Sagitario se encuentra en cuadratura a Saturno y Marte en Virgo. La presencia de Saturno indica la puesta a prueba de la identidad, la capacidad de resistir, de sostenerse, de permanecer en pie cuando todo parece derrumbarse. Su identidad (Sol) se forja en situaciones difíciles. No se trata de un aspecto armónico, es una cuadratura, un aspecto de tensión, de desafío, de fricción interna, de trabajo. Pero la cuadratura, es el aspecto que más fricción genera, y por tanto el que más energía libera. Por lo tanto, la energía de Saturno, de sostén, de límite, de concreción, de resistencia y de maduración, aparece en su máximo esplendor.
Saturno, como su naturaleza elemental universal refiere, es el frío, la montaña, la piedra, el hambre, el hueso, la escasez, el tiempo detenido, la imposibilidad de escapar. Saturno es el límite absoluto de la materia. En la tragedia de los Andes, Saturno no fue solamente un símbolo psicológico: fue una realidad concreta. El frío extremo, la falta de alimento, la altura, la inmovilidad, el paso insoportable de los días, la muerte alrededor, la espera, la privación, el cuerpo llevado al límite. Todo eso es Saturno en su manifestación más cruda. Resulta realmente increíble observar que por tránsitos, Saturno durante estos días estaba aspectando de forma tensa su Sol natal, y su Saturno natal. poniendo a prueba su propia vida, su identidad, y su capacidad de resistir y sostener, a él y a otros.
Pero Saturno también es aquello que permite resistir. Es la estructura interna que aparece cuando ya no queda nada externo. Es la fuerza silenciosa que sostiene cuando la esperanza parece apagarse. En una carta donde el Sol ya está natalmente en cuadratura a Saturno, el tránsito saturnino no solo limita: también activa una musculatura psíquica ya existente. La persona que tiene aspectos tensos de Saturno, ya viene con una relación profunda con la prueba, con la exigencia, con la necesidad de sostenerse frente a la adversidad. Por eso, cuando la vida lo llevó al límite absoluto, esa configuración natal se encendió.
Por otro lado, la cuadratura de Marte al Sol también indica una gran fricción y carga energética entre su identidad, su centro vital y su capacidad de acción. Marte en Virgo no actúa desde el impulso puro, sino desde la estrategia, la precisión, la observación, el cálculo, el discernimiento. Es una acción que debe organizarse, medir recursos, administrar fuerzas, evaluar el terreno, no desperdiciar energía. En una situación extrema, esta cualidad es fundamental. No se trataba simplemente de tener valor, sino de saber cuándo moverse, cómo moverse, cuánto resistir, cómo usar el cuerpo, cómo conservar energía. Pero siempre movilizado por el sentido de vivir.
La cuadratura de Marte al Sol y a Quirón en Sagitario muestra una acción que impulsa el espíritu, pero que también nace desde la herida. Como si el dolor mismo encendiera la voluntad de avanzar.
Este Sol también se encuentra en trígono a Plutón en Leo. Acá aparece la fuerza de la resiliencia plutoniana, la capacidad de atravesar la muerte simbólica y real, de descender al inframundo y regresar transformado. Plutón en Leo conectado al Sol en Sagitario habla de una potencia vital enorme, de un fuego profundo que no se extingue fácilmente. Leo es la vida, el corazón, la llama; Sagitario es el sentido, la flecha que apunta hacia el cielo, hacia lo trascendente, hacia algo superior que permite seguir. Leo es el fuego que se sostiene, la vida, la pasión por vivir, y Sagitario es el sentido de todo, la trascendencia.
Y lo relevante es esto: Sol conjunto a Quirón en Sagitario. Una identidad marcada por la herida, por la pérdida, por la vulnerabilidad extrema. Recordemos que en la tragedia murieron su madre y su hermana. La herida no fue abstracta, fue concreta, brutal, existencial. Pero Sagitario necesita dar sentido al dolor. Necesita encontrar una dirección incluso en medio del horror. Allí aparece una de las claves más profundas de su carta: la capacidad de guiar, de orientar, de encontrar una verdad en medio del dolor, algo que observamos de forma radical en su carta.
Vemos entonces que la cuadratura de Saturno y Marte al Sol no debe ser leída solamente como dificultad, sino como la estructura interna que le permitió enfrentar una circunstancia donde la identidad misma podía desvanecerse. En momentos donde el cuerpo estaba agotado, donde el frío podía quebrar la voluntad, donde la muerte era una presencia diaria, había algo que lo sostenía. Ese gran poder que otorga Saturno, el señor del tiempo, unido a la confianza profunda del Sol en Sagitario.
También es muy interesante observar que en su carta natal, como en la de varios de los protagonistas de la tragedia, Mercurio, planeta de los traslados, los viajes y los desplazamientos, se encontraba en tensión con Urano, planeta de lo disruptivo, del cielo, de la ruptura, de los acontecimientos repentinos, de la tecnología y, simbólicamente, de los aviones. Esta tensión Mercurio-Urano puede hablar de movimientos imprevistos, viajes alterados, cortes abruptos en el desplazamiento, irrupciones repentinas del destino a través del aire.
Es relevante observar cómo en varias cartas de sobrevivientes y fallecidos de la tragedia aparecen contactos tensos entre Mercurio, Urano, Marte o Plutón. No como una sentencia literal, sino como una sincronicidad astrológica impactante, donde el símbolo parece acompañar de manera precisa la naturaleza del acontecimiento.
Ahora bien, en la carta de Fernando Parrado, además de observar al Sol en Sagitario como símbolo del sentido, de la fe y del valor de la vida, debemos mirar al dispositor de ese Sol: Júpiter. Y Júpiter, símbolo de benevolencia, sentido, trascendencia, expansión y protección, se encuentra en conjunción casi exacta a Venus, el benéfico menor, ambos en el signo de Acuario.
Esto es realmente llamativo. Venus y Júpiter unidos son una imagen de gracia, protección, amor, ayuda, sentido y posibilidad de salvación. En Acuario, signo de aire, vinculado simbólicamente al cielo, a lo colectivo, a la tecnología, a los grupos humanos y a su regente moderno Urano, esta conjunción adquiere una fuerza muy particular. Como si, en medio de una experiencia atravesada por el cielo, el avión, la caída y la comunidad de sobrevivientes, existiera también una marca de asistencia, de protección invisible, de sentido superior.
Y aquí aparece una imagen profundamente simbólica: Fernando Parrado, luego de atravesar la montaña, vuelve desde el cielo. El mismo hombre que había caído desde el cielo a través del accidente aéreo, retorna luego por vía aérea como símbolo de rescate, de salvación y de retorno a la vida. El helicóptero, asociado a Urano, a Acuario, al cielo, a la tecnología, a la irrupción repentina de una ayuda que desciende desde lo alto, encarna de manera casi literal su conjunción natal Venus-Júpiter en Acuario.
Venus y Júpiter, los dos benéficos, unidos en Acuario: la gracia, la ayuda, la protección, el vínculo humano, la salvación colectiva, pero expresada a través de un símbolo acuariano y uraniano: el helicóptero, la tecnología aérea, el rescate que llega desde el cielo. No se trata solamente de sobrevivir individualmente, sino de traer ayuda para los otros. Allí Venus-Júpiter en Acuario se expresa como una bendición colectiva, como una red de salvación, como el auxilio que desciende desde lo alto hacia una comunidad que había quedado aislada del mundo.
Y esto ocurre entre las montañas, otro símbolo profundamente capricorniano y saturnino. La montaña es Capricornio: la piedra, la altura, el frío, el límite, la prueba, el ascenso, la materia llevada a su máxima dureza. Pero recordemos que Acuario, además de su regencia moderna por Urano, también es regido tradicionalmente por Saturno. Por eso la imagen es perfecta: Acuario aparece en el cielo, en el helicóptero, en la tecnología, en la ayuda colectiva; pero se manifiesta dentro del escenario saturnino de la montaña, del frío, de la prueba capricorniana.
Como si su Venus-Júpiter en Acuario se encarnara literalmente en esa escena final: la ayuda que llega desde el cielo, entre las montañas, luego de haber atravesado el límite absoluto de Saturno. Parrado, que había descendido al inframundo plutoniano de la tragedia, vuelve elevado por el aire, convertido en mensajero de vida. El cielo que primero fue caída, después se transforma en salvación.
Ahí la simbología es extraordinaria: cae del cielo por Urano, sobrevive en la montaña por Saturno, atraviesa la muerte por Plutón, encuentra sentido por Sagitario/Júpiter, y vuelve desde el cielo por Acuario, trayendo la posibilidad de rescate para los demás.
Vemos algo semejante en el caso de Roberto Canessa, donde también aparecen contactos importantes entre Júpiter y Venus. En ambas cartas, los dos benéficos tienen un papel relevante. Esto no niega el horror de lo vivido, pero muestra que, incluso en medio de una experiencia extrema, había símbolos de ayuda, de protección, de vínculo y de sentido, sobre todo en los sobrevivientes.
TRÁNSITOS AL MOMENTO DE LA TRAGEDIA.
El accidente ocurrió el 13 de octubre de 1972. En ese momento, Quirón en Aries se encontraba en conjunción al Nodo Norte natal de Parrado en Aries, opuesto a su Nodo Sur en Libra y a Neptuno en Libra, formando a su vez una configuración de tensión con su Quirón natal en Sagitario. Acá se activa de forma impresionante el eje de la herida y del destino.
Natalmente, Fernando Parrado tiene un vínculo muy fuerte entre Quirón y los nodos, al estar conectados por aspectos. Y justamente el día del accidente, Quirón, el sanador herido, símbolo de la vulnerabilidad, del dolor y de la marca existencial, se encontraba activando su Nodo Norte, de forma exacta. Esto puede leerse como una activación profunda de destino, pero no en un sentido fatalista, sino simbólico, como si la carta mostrara que su camino evolutivo quedaría marcado por una experiencia donde la herida, el coraje y el sentido se unirían de manera irreversible. Justo cuando Quirón haga contacto con su Nodo Norte, como si un evento crítico, transformador, de muerte, lo conectara con su destino.
No diría simplemente que “estaba escrito”, porque eso puede sonar demasiado determinista. Pero sí podemos decir que la sincronicidad astrológica es impactante. Como si el cielo activara, en ese momento, una matriz natal vinculada a la herida, al sentido y a la necesidad de atravesar una experiencia límite que transformaría su vida para siempre.
El 13 de octubre, día del accidente, Plutón también se encontraba activando por trígono su conjunción natal Venus-Júpiter en Acuario. Plutón, símbolo de la muerte, de los procesos radicales de transformación, del descenso al inframundo, tocaba de forma significativa a sus benéficos natales. Esto es muy profundo: no se trataba simplemente de protección fácil o superficial, sino de una protección atravesada por Plutón. Una gracia que no evita la muerte, pero que puede abrir una puerta de supervivencia en medio de ella.
Plutón no siempre salva evitando la crisis. Muchas veces salva obligando a atravesarla. Y en este caso, la vida de Parrado fue partida en dos: antes y después de los Andes.
Otro punto fundamental es Saturno. Durante aquellos días, Saturno transitaba Géminis, activando la cuadratura natal que Fernando tiene entre su Sol-Quirón en Sagitario y Saturno-Marte en Virgo. Saturno desde Géminis formaba oposición a su Sol en Sagitario y cuadratura a su Saturno y Marte natales en Virgo, configurando una gran T cuadrada.
Esto es central. Saturno, el gran señor del tiempo, de la materia, del límite y de la prueba, se coloca frente a su Sol. La vida misma frente al límite. Sagitario, signo de fe, sentido y dirección, enfrentado a Saturno, símbolo del frío, la roca, la montaña, la muerte, la restricción y la espera. Es el choque entre Zeus y Cronos: Júpiter, dispositor del Sol en Sagitario, como principio de vida, sentido y expansión; y Saturno, como principio de tiempo, límite, realidad y muerte.
Saturno en retrogradación también puede ser leído, desde una mirada tradicional, como símbolo de pérdida, demora, peso kármico, retorno de una prueba antigua o intensificación de procesos difíciles. Durante los 72 días de supervivencia, Saturno fue retrogradando y haciendo cada vez más fuerte la activación de esa T cuadrada natal.
Lo relevante es observar la fecha del 12 de diciembre de 1972, día en que Parrado, Canessa y Vizintín comenzaron la travesía decisiva por los Andes en busca de ayuda. En esos días, Saturno se encontraba en oposición muy cerrada a su Sol natal en Sagitario. Podríamos pensar que esto lo limitaría, que lo bloquearía, que lo debilitaría. Pero no necesariamente. En su carta natal, Parrado ya tenía la cuadratura Sol-Saturno. Es decir, ya existía una estructura interna preparada para enfrentar el límite. Esto revoca los condicionamientos impuestos desde la astrología tradicional, Saturno como planeta “maléfico”,
El tránsito de Saturno al Sol no le quitó fuerza: activó su capacidad de resistir. Le exigió todo. Le pidió austeridad absoluta. Le pidió caminar con hambre, con frío, con miedo, con dolor, con muerte alrededor. Le pidió sostener el cuerpo cuando el cuerpo ya no tenía fuerzas. Le pidió sostener la voluntad cuando la voluntad podía quebrarse. Le pidió volverse Saturno: piedra, hueso, estructura, perseverancia, resistencia al frío y a las condiciones más extremas.
Y al mismo tiempo, su Sol en Sagitario seguía buscando horizonte. Esa es la imagen más poderosa: Saturno como la montaña, Sagitario como la flecha. Saturno como el muro de hielo, Sagitario como la fe de que más allá existía una salida. Saturno como el tiempo insoportable, Sagitario como el sentido que permite cruzarlo.
En esos 10 días de travesía en la montaña, vemos de manera clarísima la oposición de Saturno a su Sol. Es el Sol, la vida, enfrentado al señor del tiempo. Es la voluntad de vivir enfrentada al frío, al hambre, a la altura y a la muerte. Pero también es la consagración de una fuerza interna que solo aparece cuando ya no queda nada más que lo esencial. Saturno no aparece aquí como un salvador luminoso, sino como el maestro oscuro de la supervivencia. No lo libera del frío: lo obliga a atravesarlo. No lo salva de la montaña: lo obliga a hacerse montaña.
Otro punto a mencionar son los tránsitos de Plutón, que también acompañaron de forma sincrónica todo este proceso. Al momento de la tragedia, Plutón se encontraba en Libra, en tensión a su Urano natal en Cáncer. Plutón-Urano habla de irrupción, ruptura, accidente, transformación colectiva, contacto violento con fuerzas que exceden la voluntad individual. No debemos olvidar que Urano también simboliza lo súbito, lo imprevisto, el cielo, lo aéreo; y Plutón, la muerte, el trauma, el quiebre irreversible.
Pero lo más relevante es que Plutón fue avanzando durante esos días, activando también por trígono su conjunción Venus-Júpiter en Acuario, y ya en diciembre se acercaba a un sextil con su Luna en Leo. Esta imagen es muy fuerte: Plutón, planeta de los procesos únicos, irreversibles, profundos, activando la Luna, símbolo del mundo emocional, de la memoria, de la madre, del hogar, del pasado y de la necesidad de pertenencia.
En el caso de Parrado, esto adquiere una dimensión conmovedora. Su madre había muerto en el accidente. Su hermana también moriría durante la tragedia. La Luna, como símbolo de la madre, de la familia y del refugio, queda atravesada por la pérdida. El aspecto de sextil hace fluir el dolor y la pérdida, pero también evocan en la persona una profunda resistencia, resiliencia y empoderamiento. Pero Plutón en aspecto a la Luna también puede hablar de una fuerza emocional sobrehumana, de un poder interno que nace desde el dolor más profundo. La necesidad de volver. Volver al padre. Volver al hogar. Volver a la vida. Volver para contar.
Los tránsitos de Plutón son únicos, porque Plutón tarda más de 240 años en dar la vuelta completa al zodíaco. Por eso, cuando toca un punto natal de forma exacta o significativa, marca procesos que no se repiten. En esos días, Plutón parecía otorgar una fuerza emocional extrema, una potencia interna que no pertenece al yo ordinario, sino a una dimensión más profunda del alma.
Esto sumado a Saturno en oposición a su Sol natal y en contacto con su Plutón natal en Leo muestra una configuración realmente impactante: la muerte, el límite, el frío, el hambre, la montaña y, al mismo tiempo, una fuerza vital extraordinaria para sostenerse en medio de la crisis.
Quirón en tránsito, que al principio del accidente estaba conjunto al Nodo Norte, durante estos 72 días siguió activando con fuerza esa vivencia de destino, su Nodo norte. Poco a poco, ya en diciembre, se fue alejando de la conjunción exacta al Nodo Norte, pero comenzó a formar un trígono más claro a su Quirón natal en Sagitario. Esto también es profundamente simbólico: la herida inicial, brutal, traumática, empieza a convertirse en camino. No deja de ser herida, pero empieza a adquirir dirección, sentido, relato, propósito.
Por último, también es importante observar los nodos lunares en tránsito. En diciembre, los nodos activaron por cuadratura su Neptuno natal en Libra, indicando la dimensión neptuniana, mítica, trascendente y casi sobrehumana del evento. Lo vivido en los Andes no quedó solamente como una historia de supervivencia física. Quedó marcado en el inconsciente colectivo. Se transformó en mito, en símbolo, en relato universal sobre los límites del ser humano, la fe, el sacrificio, el amor, la comunidad y la voluntad de vivir.
El 22 de diciembre de 1972, cuando Parrado y Canessa lograron encontrar al arriero chileno Sergio Catalán, Júpiter se encontraba en Capricornio, signo de la montaña, de la cima, de la piedra, del esfuerzo y de la conquista lenta. Esto es extraordinario desde el punto de vista simbólico. Júpiter, el gran benéfico, el planeta del sentido, de la ayuda, de la guía y de la protección, transitando Capricornio: la salvación aparece en la montaña, a través del esfuerzo, de la resistencia, del ascenso, del límite saturnino.
Ese día, además, Júpiter se encontraba junto al Nodo Norte en tránsito en Capricornio. La imagen es muy poderosa: Júpiter unido al Nodo Norte en el signo de la montaña, justo cuando se abre la puerta del rescate. Como si el sentido, la gracia y el destino se encontraran en la cima misma de la prueba saturnina.
Por si fuera poco, aquel 22 de diciembre se produjo el solsticio de verano en el hemisferio sur, con el Sol ingresando en el grado 0 de Capricornio. En muchas tradiciones antiguas, el solsticio está asociado al renacimiento del Sol, al retorno de la luz, al triunfo de la vida luego de la oscuridad. Y resulta profundamente sincrónico que el encuentro con el arriero, el comienzo real del rescate y la salida definitiva de la tragedia ocurrieran justamente en ese umbral solar.
El Sol, dador de vida, renacía. Y con él, renacía también la posibilidad de regresar de la muerte. Recordemos que la figura crística, también está asociada a la figura solar, la muerte y renacimiento del sol
Recordemos que la figura crística también ha sido asociada simbólicamente al arquetipo solar: la luz que desciende a la oscuridad, atraviesa la muerte y renace. No se trata acá de forzar una lectura religiosa del acontecimiento, sino de comprender la enorme potencia arquetípica de la escena. Parrado y Canessa habían atravesado la montaña, el frío, la pérdida, el hambre, la muerte y el límite absoluto de Saturno. Y justo en el umbral del solsticio, cuando el Sol inicia un nuevo ciclo, aparece la posibilidad concreta del rescate.
La imagen es extraordinaria: después del descenso al inframundo plutoniano, después de la prueba saturnina de la montaña, después de la herida quirónica y la pérdida lunar, aparece nuevamente el Sol. La vida vuelve a abrirse paso. El fuego solar retorna después de la noche más larga del alma. La tragedia no desaparece, la herida no se borra, los muertos no regresan; pero algo renace. Renace la posibilidad de volver al mundo, de dar testimonio, de transformar la experiencia en sentido.
En ese punto, la escena adquiere una dimensión casi iniciática: morir simbólicamente en la montaña, atravesar el reino del frío, del hambre y de la muerte, y regresar bajo el signo del Sol que renace. Capricornio, signo saturnino, marca la dureza de la prueba; pero el Sol entrando allí muestra que incluso dentro del territorio de Saturno puede volver a encenderse la vida.
Desde esta mirada, la carta y los tránsitos de Fernando Parrado durante la tragedia de los Andes muestran una síntesis extraordinaria: Quirón como la herida que marca el destino; Saturno como la prueba absoluta del tiempo, el frío, la montaña y la resistencia; Marte como la acción concreta y estratégica; Plutón como el descenso al inframundo y la fuerza de transformación; Júpiter como el sentido, la guía y la protección; y el Sol en Sagitario como la voluntad de vivir sostenida por una fe que mira más allá de la muerte.
La tragedia de los Andes no puede reducirse a una explicación astrológica. Fue un hecho humano, histórico, físico, emocional y espiritual de una magnitud inmensa. Pero la astrología permite contemplar la dimensión simbólica de lo vivido. Y en el caso de Parrado, los tránsitos parecen mostrar una sincronía impresionante entre el cielo y la experiencia límite de un hombre que atravesó la muerte, caminó sobre la montaña saturnina, siguió una flecha sagitariana de sentido, y volvió a la vida convertido en testimonio vivencial, en herida transformada en sentido y guía para otros.
Justamente aquel 22 de Diciembre, el día exacto del Solsticio, y con Júpiter iluminando el Nodo norte en Capricornio, la montaña. Ocurre el rescate.
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